NYC en Lucha

Movimiento Socialista de Trabajadores – New York City

“Progressives”, Property, and Power (Spanish/English) | Los “progresistas”, la propiedad y el poder (español/inglés)

[English version to follow]

Economía política alternativa: ¿Superar lo corporativo, o superar el capitalismo?

Josean Laguarta Ramírez

Este artículo ha sido publicado anteriormente en La más mínima diferencia y  Bandera Roja (español solamente).  Su contenido refleja el análisis y las opiniones del autor.  El autor es miembro del MST-NYC.

‎Con la fase zombie del capitalismo mundial en pleano apogeo (sus apologetas lo llaman “recesión” y hablan de “recuperación,” pero no pueden decirlo, en privado, sin reírse), los “progresistas” en los Estados Unidos tímidamente argumentan a favor de un “sistema de economía política” alterno, basado en algún tipo de propiedad pública expandida y sujeta a escrutinio democrático.

A esta ecuación le faltan dos elementos, y ambos están relacionados al asunto del poder:

El primero es instituir control obrero y comunitario real y efectivo sobre la producción y distribución. Sin él, solo queda un Keynesianismo ambiguo atrapado en algún lugar entre la social-democracia europea occidental y el “socialismo de mercado” chino – en otras palabras, tan sólo un “sector público” más grande que con lo misma facilidad podría ser recortado (como lo ESTÁ siendo – viciosamente – en Europa en estos momentos) y que al final no necesita realmente mucha “democracia” que digamos (como en China).

El segundo es conseguir una redistribución real de la riqueza y recursos. La idea de que el muy vituperado (pero hasta ahora impune) 1% de alguna manera puede seguir flotando indefinidamente y permitir graciosamente que eche raíces un nuevo “sistema de economía política” si no los arrancamos activamente de las fuentes de su poder en el sistema actual es, por decirlo amablemente, fantaseoso.

No estoy llamando a un retorno a una economía burocrática de mando al estilo Soviético, el cual tenía poco que ver con control obrero o con democracia de cualquier tipo. Lo que sí pienso es que un “sistema de economía política” genuinamente revolucionario requerirá (además de la propiedad pública sólida, socialmente fiscalizada y políticamente comprometida, de los servicios de salud, educación, servicios básicos  – agua, electricidad – industrias estratégicas y grandes bancos) experimentar con y estimular el surgimiento de nuevas empresas productivas y de servicios – y la transición gradual de las existentes – basadas en nuevas formas de propiedad que no sean privadas ni realmente “públicas” (que en última instancia no es más que la propiedad privada del estado), sino sociales y comunales – abiertas a la iniciativa independiente, pero bajo control obrero/comunitario y orientadas no hacia la ganancia y la competencia, sino hacia servir al Pueblo. En la medida que tales formas nuevas puedan florecer y construir redes entre sí que las escuden de las restantes (y, esperemos, decrecientes) presiones de “mercado”, entonces podremos empezar a hablar de un nuevo “sistema de economía política.”

Amigos y oponentes de tales experimentos podrán confundir esta propuesta por un llamado más a favor de alguna especie de híbrido entre socialismo y capitalismo, o entre propiedad pública y privada. No se confundan: esto no es “socialismo de mercado,” simplemente es socialismo no-estatista. Para poder estar protegidas efectivamente del mercado, las nuevas formas de propiedad (y sobre todo la fuerza de trabajo envuelta) deben ser no mercadeables – es decir, no susceptibles a la compraventa.

Imagina redes de empresas sociales basadas en o enlazadas con lugares específicos, que “pertenecen” a sus trabajadorxs, comunidades, ambos o a nadie (no públicas, sino “comunes”) y que legalmente no pueden ser compradas o vendidas. El poder decisional es compartido entre trabajadorxs, comunidades y a veces consumidorxs afectadxs; pueden ser iniciadas independientemente de la burocracia estatal, por una comunidad o grupo de trabajadorxs, “financiadas” mediante créditos públicos (para esta parte, algún tipo de “estado” será necesario, al menos inicialmente); la asignación de recursos estará atada a un sistema policéntrico de planificación participativa que identifique las necesidades de cada comunidad y de la sociedad en general; y pueden extinguirse por decisión de lxs afectadxs, regresando los recursos a la comunidad para usarse en nuevas iniciativas.

Mientras más crezcan los enlaces de las redes, más las empresas sociales dependerán unas de otras (de forma similar a como las corporaciones multinacionales son casi auto-suficientes, en el sentido de que cada subsidiaria fabrica parte del producto final) en lugar de financiación privada (o incluso pública).

Conceptualmente nada de esto es “nuevo” – versiones más o menos embriónicas han existido y existen en diferentes lugares y tiempos.  Pero su concreción depende también de la voluntad política y de las condiciones internacionales capaces de sostenerla (no hay tal cosa como socialismo en un solo país). Con el tiempo, según experimentos similares echen raíz en sociedades vecinas, redes de empresas sociales regionales, continentales e incluso transnacionales emergerían.

Todo esto sería paralelo a lo que quede del sector “privado” tradicional (solo en este sentido podemos hablar de un “híbrido,” al menos inicialmente), en el cual las políticas “estatales” proveerían incentivos y trato preferente a cooperativas y empresas propiedad de trabajadores comunitarias (aún “privadas,” pero que podrán hacer la transición o enchufarse con mayor facilidad al sistema de empresas sociales).

De nuevo, para estar claros, estamos hablando de producción y servicios no-estratégicos. La salud, la educación, los servicios básicos, las industrias estratégicas y los grandes bancos deben ser firmemente públicos – no, más que eso: comunes (nadie es su dueño, por lo que nadie, incluso el estado, puede venderlo) y públicamente administrados y fiscalizados mediante asambleas participativas de trabajadorxs, comunidades y consumidorxs.

También hay que enfatizar que nada de esto puede ocurrir espontáneamente en el capitalismo – tiene que haber una lucha política y ruptura con el estado capitalista. Aclaro esto porque tantxs “progresistas” parecen enamorados con esquemas híbridos de envolvimiento comunitario que no son más que privatización por la cocina (las escuelas “charter” son ejemplo obvio).

Por último, la confianza renovada de lxs progresistas en la “propiedad pública” levanta una pregunta obvia… ¿si lxs derechistas te van a llamar socialista no importa qué, y cada vez menos y menos personas son abiertamente hostiles a la idea del socialismo, entonces porqué no asumir el nombre? A menos, claro está, que la intención sea tan solo superar el capitalismo “corporativo,” y no el capitalismo como tal.

***

Alternative Political Economies: Beyond Corporate, or Beyond Capitalist?

Josean Laguarta Ramírez

This article has been previously published in La más mínima diferencia y  Bandera Roja (Spanish only).  Its content reflects the analysis and opinions of the author.  The author is a member of the MST-NYC.

With the walking dead phase of world capitalism in high gear (apologists for the system call it a “recession” and make claims of “recovery,” but they can’t say it in private with a straight face), “progressives” in the United States are timidly making the case for an alternate “system of political economy,” based on some kind of expanded, democratically accountable public ownership.

Two things are missing from this equation, and both are related to the question of power:

The first is instituting real, effective worker and community control over production and distribution. without it, all you get is a vague Keynesianism somewhere between Western European social democracy and Chinese “market socialism” – in other words, just a bigger “public sector” that can just as easily be rolled back again in the future (as it IS being rolled back – viciously – in Europe at the moment) and that in the end doesn’t really need much “democracy” at all (as in China).

The second is achieving real redistribution of wealth and resources. The idea that the much-vituperated (but as of yet untouched) 1% will somehow float along indefinitely and graciously allow a new “system of political economy” to take hold if we don’t actively uproot them from the sources of their power in the current system is, to be gentle, a fantasy.

I’m not arguing for a return to a Soviet-style bureaucratic command economy, which had little to do with worker control or democracy of any kind. What i do think is that a genuinely revolutionary “system of political economy,” would require (in addition to solid, socially monitored, and politically-committed public ownership and worker/community management of healthcare, education, basic utilities, strategic industries, and the big banks) experimenting with and stimulate the emergence of new productive and service enterprises – and the gradual transition of existing ones – based on new forms of property that are not private and not really “public” (which in the end is nothing more than private property by the state), but rather social and communal – open to independent initiative, but worker/community controlled and geared not towards profit and competition, but towards serving the People. To the degree that such new forms can flourish and build networks amongst themselves that shield them from remaining (and hopefully dwindling) “market” pressures, then we can begin to talk about a new “system of political economy.”

Friends and foes of such experiments may confuse this proposal for yet another appeal for some kind of hybrid between socialism and capitalism, or public and private ownership. Make no mistake: this is not “market socialism”, just non-statist socialism. In order to be effectively shielded from the market, new forms of property (and particularly the labor involved) need to be non-commodifiable – that is, not susceptible to sale or purchase.

Imagine networks of place-based or place-linked social enterprises that “belong” to their workers, their communities, both, or to no one (not public, but “common”) and legally can’t be bought or sold. Decision-making is shared by “stake-holding” workers, communities and sometimes consumers; they can be initiated independently of state bureaucracy, by the community or by a group of workers, “funded” through public credits (for this part, some kind of “state” will be needed, at least initially); resource allocation will be linked to a system of polycentric participatory planning that identifies the needs of each community and the polity at large; and they can be shut down by decision of the “stakeholders”, with assets returning to the community for new initiatives.

The more the linkages in the network grow, the more the social enterprises will depend on each other (much in the way many multinational corporations are nearly self-sufficient, in the sense that each subsidiary makes one part of the finished product) rather than private (or even public) financing.

Conceptually, none of this is “new” – more or less embryonic versions have existed and exist at different times and places.  But its realization also depends on political will, and the international conditions to sustain it (no such thing as socialism in one country). Over time, with similar experiments taking hold in neighboring polities, regional, continental, and transnational social enterprise networks would emerge.

This would all be parallel to whatever remains of the traditional “private” sector (only in this sense can we speak of a “hybrid”, at least initially), where “state” policy would provide incentives and preferential treatment for community-based coops and worker-owned companies (still “private”, but can transition/plug into the social enterprise system more easily).

Again, to be clear, we’re talking about non-strategic production and services. Healthcare, education, basic utilities, strategic industries, and the big banks should be squarely public – no, more than that: common (no one owns it, so no one, not even the state, can sell it), and publicly managed and overseen through participatory stakeholder assemblies.

Also, none of this can happen spontaneously within capitalism – there needs to be political struggle and rupture with the capitalist state. I clarify this because so many “progressives” seem enamored with so-called hybrid community-involvement schemes that are nothing more than backdoors to privatization (“charter” schools being a case in point).

Finally, progressives’ renewed confidence in “public ownership” begs the question…  if right-wingers are going to “call you a socialist no matter what,” and less and less people are openly hostile to the idea of socialism, then why not embrace it? Unless, of course, the intention is simply to go beyond “corporate” capitalism, not capitalism itself.

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